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Erev Rosh HaShaná
 
Paradoja: estas fechas que se inician hoy, pero que venimos anticipando hace un mes, son muy solemnes, formales, y ceremoniosas; sin embargo, su razón de ser es profundamente personal. Anticipar es recordar; recordar es renovar. En este año 5769 que se inicia en estos precisos momentos, nosotros, congregados en esta nueva sinagoga de la NCI en Montevideo, estamos viviendo la desafiante paradoja de experimentar nostalgia y expectativa. La historia que cada uno de nosotros trae consigo a esta nueva casa nutrirá las historias que comenzamos a escribir hoy.

Mi historia personal en la NCI tiene que ver con dos edificios: el Hogar de camino Castro y la sinagoga de la calle San Salvador. Estoy seguro que sólo nombrarlos produce emoción. Ninguno de esos dos edificios pertenece hoy a la NCI; sin embargo, ambos convocan recuerdos y vivencias, sonidos, melodías, aromas y sabores. Somos lo que somos por las historias que nos cuentan y contamos. En algún momento, esos edificios fueron como este: a estrenar. Nuestros abuelos, nuestros padres, y nosotros mismos, los llenamos de sentido y significados. Hoy comienza un nuevo siclo. El desafío es que en pocos años Bait Jadash se haya llenado con historias de comunidad narradas por nosotros, nuestros hijos, y nietos.

Cada año es diferente al anterior; si así no fuera, algo de nuestro judaísmo estaría fallando. Si de un año a otro no hemos producido cambios en nuestro entorno, ¿para qué estamos aquí? ¿para qué hemos hecho el esfuerzo? ¿para qué hemos contribuido con nuestro tiempo y dinero, si nada ha sido modificado? Este año la diferencia es esta paradoja de la que hablamos: contémonos historias de comunidad para construir comunidad. Como dice la canción israelí “Shir la Shalom”, “no digáis el día vendrá; traed el día”; como dice la tfilá, “ki ba moed”, “porque el tiempo ha llegado”. El tiempo no sólo se nos viene, el tiempo lo traemos. Se trata de dar un sentido trascendente a nuestra existencia: ser judío significa, sobre todo, incidir en el sentido de nuestras vidas. Nada sucede porque sí; en cada cosa que sucede, nosotros contamos la historia, y contar la historia significa vivirla. Si no ha sido contado, nadie lo ha vivido.

Son días solemnes. Días de recogimiento e introspección personal en el marco de la comunidad. Nada más claro, y sin embargo, no deja de ser contradictorio. Lo personal no se convierte en colectivo, sino que se vive en colectivo. Lo hacemos juntos, hombro con hombro. Lo que cado uno vive en su interior, es de cada uno; lo comunitario es la convivencia, las historias que sí elegimos compartir.

Un nuevo edificio es una excelente excusa para cambiar. Este edificio se construyó para dar respuesta y cabida a una forma de ser y vivir como judíos que sólo la NCI ofrece. No es ya una opción marginal en un barrio venido a menos, a dónde vamos especialmente cuando el calendario lo indica, alimentando la memoria pero sin nutrir el futuro. Ahora es una opción cotidiana a la vuelta de la esquina. Un lugar de paso donde entro y salgo por la simple razón de querer estar con quienes comparten mi historia, mis tradiciones, y mi compromiso.

Los invito a hacer de estos Iamim Noraim una vivencia tan profundamente personal y emotiva como comunitaria. Comunitaria en el sentido más básico: lo que nos es común, lo que compartimos. El espacio es este: llenémoslo de historias y construyamos significados. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de no tener qué contarle a nuestros hijos. Si no tenemos qué contar, nadie va a querer escucharnos. Estaríamos quebrando otro valor fundacional de nuestro pueblo: la tradición, en especial en el sentido más estricto de la palabra: transmitir. Cuando desde otras tiendas de nuestro pueblo nos asustan con visiones agoreras hablándonos de asimilación y pérdida de identidad, nosotros elegimos perpetuarnos a través de las historias que nos contamos. Elegimos renovar nuestra tradición en cada historia, hacerla personal, respetar esa individualidad, y desde allí sumar a la comunidad. Hay historias de rabinos y tzadikim, hay historias de gente común, campesinos, sastres; son historias entrañables y emotivas. Sumemos las nuestras a esta larga cadena narrativa de nuestra identidad. No temamos a la diversidad, porque nos enriquece. No temamos a la novedad, porque nos revitaliza. Seamos fieles a nosotros mismos. Sobre todo, contemos nuestras propias historias.


 
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