Jánuca, una fiesta para todo
Por Mariana Janin
Luz, milagros y sufganiot
Estamos en Jánuca, una fiesta que en Israel convoca a religiosos y laicos por igual: sus costumbres populares hacen accesible una celebración que conjuga el milagro con la obra del hombre por su liberación. ¡Jag Urim Sameaj!
El ciclo anual del calendario judío nos enfrenta ahora con Jánuca. La primera de la fiestas anuales de la trilogía (junto con Purim y Pésaj) que hace confluir las dos grandes vertientes de la tradición judía: la de la creencia en un destino y una especial comunicación con Dios, y la que sostiene un principio nacional ligado al amor por la libertad, el rechazo a las dominaciones extranjeras y la confianza en las fuerzas del pueblo para determinar su propio destino.
Como las otras dos fiestas “nacionales”, Jánuca tiene un sustento histórico y un contenido religioso concluyente: en un momento determinado se produce un fenómeno social y militar, y con ese marco se registra un milagro. La revuelta armada acompaña y posibilita la reapertura del Templo. Y el milagro de las luces confirma la protección de Dios y la posibilidad de continuar el camino de la pureza ritual. Pero esta fiesta tiene algo de construcción humana y se diferencia de las otras dos: en primer lugar, no es una fiesta bíblica, el Libro de Los Macabeos no fue incorporado al canon hebreo y por lo tanto no tiene valor de palabra revelada. Su historia es, entonces, en gran forma, “humana”. Pero curiosamente, los religiosos la festejan por un “milagro” cuya recordación justifica ese lugar de privilegio adjudicado y que la llevó a formar parte del calendario mayor.
El milagro y la mano del hombre
La vida judía lleva como elemento fundamental esta combinación de lo divino y lo secular. En ambas caras de la historia de Jánuca el milagro y la fuerza se combinan: es un milagro la persistencia del aceite durante ocho días, pero también lo es el triunfo de la revuelta frente al invasor poderoso. Pero en ambas vertientes de la historia es el valor y la confianza en los principios y el compromiso del pueblo lo que permiten ese triunfo y esa voluntad de recuperar la santidad del Templo. Y es así que, cuando uno se repite que Nes Gadol Haiá Po (un gran milagro ocurrió aquí), la referencia pueda aplicarse tanto para el milagro de las luminarias como al de la victoria de los Macabeos.
Pero también es lícito preguntarse qué parte del mérito les corresponde a los hombres. Dios y el Pueblo Judío como aliados repiten una y otra vez el milagro del renacimiento, tanto en el fragor del mundo helenístico como en el último y más cercano milagro de la creación del Estado de Israel.
No es extraño entonces que el sector más comprometido con la valoración del pueblo como agente de su propio destino, el movimiento sionista, haya rescatado los aspectos nacionales de la festividad. La Jánuca de nuestros días es una reafirmación de los principios de liberación nacional, construcción de un estado independiente y defensa del pueblo judío ante los intentos de destrucción física o aniquilación cultural.
Aceite y sufganiot, un menú para todos
Como ya hemos visto en el caso de Purim, Jánuca es una fiesta que deja entrar al laico tanto como al religioso, sobre todo en sus costumbres y rituales. Tal vez sea justamente el carácter mítico de la celebración que permite, como ya hemos dicho, una revaloración del significado de la fiesta y, en esa revalorización, da lugar a distintos sectores de la sociedad israelí o judía en general a manifestar su celebración.
Según los estudios sociológicos de la Doctora Shlomit Levi, de la Universidad Hebrea de Jerusalem, la celebración de Jánuca es una de las que más convocan a los seculares en Israel. La reunión familiar o institucional, el encendido de velas en las casas por lo menos una vez durante la fiesta, la conmemoración gastronómica, sufganiót y frituras varias, convierten el aceite del milagro en algo sensible y al alcance de todos, los regalos de dulces y juguetes, la utilización del tema de Jánuca en los medios de comunicación y en los ámbitos empresariales marcan una dimensión paralela en la que la debilidad de los contenidos religiosos pasa inadvertida por la fuerza de los elementos laicos que se desarrollan más cada año.
El invierno y las fiestas de las luces
La festividad de Jánuca coincide en Israel con el promediar de la estación fría. En el calendario escolar ocupa el lugar de las vacaciones de Navidad del hemisferio norte o las vacaciones de invierno, una pausa en las tareas escolares asociada a los períodos de mayor ausentismo de alumnos y docentes debido a las enfermedades leves del invierno. En el hemisferio sur coincide con las vacaciones largas de verano, motivo por el cual, al ser las fiestas festejadas fundamentalmente en las escuelas, Jánuca es casi olvidada en las casas judías. En Israel, Jánuca es la semana de los espectáculos para niños. Año tras año, en algunos casos con una continuidad ininterrumpida de más de veinte, se ofrece a los niños (y a los padres que deben afrontar esta semana sin clases con el estoicismo esperado de quien tiene que hacerse cargo de la diversión “obligada”) espectáculos musicales, comedias, juegos organizados en los lugares públicos más concurridos, estrenos de cine, competencias, programación especial por televisión. La temática de estos espectáculos poco tiene que ver con el milagro ni con la historia. Pero eso sí, es una demostración inevitablemente luminosa. El blanco (¿de la nieve?) enceguece a miles de niños en los adelantos televisivos de espectáculos ya tradicionales como Festigal o en los arreglos de los escaparates alegóricos.
Y parece ser que, así como otras culturas desarrollaron sus “fiestas de la luz” en medio del invierno, fiestas que llevaron finalmente a soluciones sincréticas como la del árbol luminoso de los druidas en la sala hogareña del festejo de la Navidad, la “fiesta de la luz” de los judíos se va acercando poco a poco a este sistema globalizado de celebración masiva y de consumo inevitable.
Así como se vio en el siglo anterior en países como los Estados Unidos una creciente convivencia de las Januquiot públicas junto a los árboles de Navidad en las plazas, centros comerciales o edificios públicos, en Israel, donde el árbol de Navidad es una rareza limitada al interior de algunos hoteles, algunas casas particulares o iglesias cristianas, los elementos decorativos alusivos a Jánuca van poco a poco saltando las barreras: cada año más papel dorado o plateado, más globos de color, guirnaldas verdes y candelabros más originales y festivos. Sin olvidarnos, obviamente, de las januquiot públicas de Jabad en los centros de algunas ciudades. Los regalos de Jánuca son más comunes, los envoltorios más vistosos. Las canciones de los anuncios televisivos nos recuerdan que el repertorio de Jánuca es más amplio que el que recordamos de la Diáspora, pero a la vez, nos hacen presente que la contaminación navideña es progresiva.
El fenómeno de las aliot masivas de no judíos tal vez tiene algo que ver con esta desjudaización de los elementos externos de la comunicación: en muchos ámbitos se celebra esta fiesta judía como se celebraban fuera de Israel otras fiestas con contenidos distintos aunque en las mismas épocas. Por otro lado, la competencia entre la Navidad y Jánuca en Estados Unidos no deja de manifestarse en una sociedad con tendencias consumistas como la norteamericana.
El milagro es estar
Pero cuando la luz de Jánuca, y el ruido que la modernidad produce para acompañarla, se disipan, vuelve la pregunta por el milagro: qué festejamos, ¿el milagro de la luz preservada por una divinidad complacida por la fidelidad de su pueblo, o el milagro de un pueblo combatiente y empecinado en ser libre y dueño de su palabra? Entre los grupos ultra religiosos que alaban el milagro de la luz pero se niegan a reconocer el milagro de la reconstrucción de Israel y la validez de su estado, y aquellos que consideran la empresa sionista como el triunfo de un movimiento de liberación nacional ganado por la sangre de sus soldados y el esfuerzo de su gente, existe una enorme variedad de personas que tienen algo que festejar y no tienen problemas en dejar fluir las dos corrientes de la realidad israelí. Aunque las sufganiot se estén vendiendo desde octubre, aunque las entradas a los teatros cuesten un dineral, aunque las vacaciones de los chicos requieran un presupuesto que una población en constante jaque económico difícilmente puede afrontar, el simple encendido de una vela junto a la ventana, el sonido de una canción coreada por los jóvenes, ese vago recordatorio de la Januquiá, tan parecida a veces a la menorá que simboliza al Estado de Israel, reconforta el corazón. Esa luz en la ventana le dice al mundo: estamos acá, somos así, celebramos a la luz. Todavía somos parte de esa luz.
Fuente: http://www.wzo.org.il/es/