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Rabino, mago y salvador
Por Noga Tarnopolsky

Lo que Marshall Meyer, norteamericano de nacimiento, hizo una vez que decidió que no podía seguir viviendo silenciosamente como judío en Argentina, cuando ésta era gobernada por generales asesinos hace unos 20 años, se ha convertido en material para leyendas .
BUENOS AIRES - Cuando se les pregunta a la gente acerca de Marshall T. Meyer, un rabino conservador y un gigante en el campo de los derechos humanos, casi todos mencionan en primer lugar su presencia física. Era un hombre grande, ancho de hombros, de casi dos metros de altura, con rasgos prominentes y pelo gris que parecía irradiar de su cabeza. Marshall Meyer, nacido en Connecticut, Nueva Inglaterra, con un temperamento latinoamericano, no pasó inadvertido por el mundo, sino que, levemente cargado de hombros y con una permanente expresión de divertida curiosidad, dominaba cualquier espacio al que entraba. Era imposible ignorarlo.
El lugar que dominó más memorablemente, el espacio que en realidad llego a definir hasta su muerte en diciembre de 1993, fue el lugar del judío argentino. Durante los años del gobierno militar en Argentina (1976-1983) y el traumático período inmediatamente posterior, se convirtió no sólo en el epítome de un judío, sino en el de un hombre decente, en el de la humanidad misma. Durante algunos años fue como si Marshall Meyer hubiera adoptado como mandamiento personal el proverbio judío: “En un lugar en el que no hay hombres, trata de ser un hombre.”
Puso en peligro la vida de sus hijos. Arriesgó su matrimonio alienó hasta a su propia congregación, el Templo Bet El de Buenos Aires, para hacer—en las palabras de su hija, Dodi—“lo que los profetas y la Biblia dijeron que un judío debía hacer.”
“Una vez alguien que estaba visitando su casa le preguntó por qué eran un activista tan entusiasta, y él dijo ‘No se puede ser religioso y creyente y no actuar de acuerdo a estos principios’,” dice Dodi, quien es hoy en día una pediatra. “Pasé por todo esto con terror. Y también estaba furiosa con él. Recuerdo una conversación cuando le rogué que parará porque esta destruyendo mi vida, y él dijo que tenía que hacer esto, y en todo caso nuestra madre podía sacarnos de ahí.”
Lo que Marshall Meyer hizo, fue magia, o en las palabras de una mujer que sirvió como emisaria de la Agencia Judía a la Argentina durante los años setenta, “Marshall Meyer salvó a los judíos de Argentina dos veces; una vez de la asimilación y la segunda vez de los generales.”
Marshall y Naomi Meyer vinieron a la Argentina como una joven pareja al principio de los sesenta, pensando en quedarse dos años. Él tenía 30, recién había sido ordenado, y le fue dada la opción de trabajar como rabino asistente en una congregación norteamericana o trabajar con una remota comunidad judía en el extranjero.
Su madre había muerto recientemente. Meyer consultó al rabino Abraham Joshua Heschel, su mentor, y después llamó a su mujer. “¿Qué te parece la Argentina?” Preguntó. “¿Australia? ¿Hablan inglés ahí, verdad?” contestó ella.
“No tenía la más vaga idea,” recuerda, agregando con una risita que hoy en día habla en español con sus nietos en Nueva York.

Energía prodigiosa

En ese momento, la comunidad judía de la Argentina comprendía unas 400.000 personas, lo que significaba teóricamente que era la tercera del mundo. Pero en realidad no se la podía llamar una comunidad per se. Aquellos que estaban afiliados a una sinagoga pertenecían a pequeñísimas congregaciones ortodoxas que se reunían para las Altas Fiestas. Otros se identificaban como judíos haciéndose sionistas y emigrando a Israel. Los judíos ashkenazi y sefaradí no se mezclaban, los movimientos Conservador y Reformista eran desconocidos, y la comunidad entera, estaba en vías de desaparecer rápidamente a través de la asimilación.
Marshall Meyer usó su prodigiosa energía para establecer en unos pocos años, la comunidad Bet El, la congregación más importante en Buenos Aires; un sistema educativo y campamentos veraniegos para niños; y una imprenta judía, la primera en imprimir textos judíos en español desde la expulsión de los judíos de España. Creó, en efecto, lo que es—aún ahora—una comunidad.
Pero lo que Meyer hizo una vez que hubo decidido que no podía seguir viviendo en silencio como judío en una nación gobernada por generales asesinos, se ha convertido en material para leyendas urbanas entre los activistas por los derechos humanos.
Durante su última visita a Israel, poco antes de su muerte a los 63 años, describió algunas de las tácticas que eligió para entrar a las prisiones clandestinas y los campos de muerte, muchas veces fanfarroneando hasta intimidar y desconcertar a los guardias, diciendo cosas como “¡Éste es un judío! ¿Uds. dicen que es un subversivo? Nooo, no es posible. Lo reconozco de mi sinagoga. ¡Lo voy a matar!! ¿Cómo pudo traicionarme? ¿Él?? Déjenmelo a mí y ya verá...créanme, se va arrepentir de que lo saqué.” O: ¿Qué? ¿Uds. lo tienen? ¡Este hombre es un ciudadano extranjero! Conozco a su embajador, ayer mismo le aseguré que no teníamos a nadie de su país. Ay Dios ¿se hacen alguna idea del lío que esto podría traerle a la Argentina? ¡Que desastre! Permítanme aclarar esto discretamente. No van a tener ningún problema. Yo me encargaré de que lo deporten como a un criminal común. Entréguenmelo y no tendrán que preocuparse de nada.”
Aparecía en los centros de detención—los centros transitorios, a menudo operados por la Policía Federal, a los cuales eran llevados los detenidos antes de ser traslados a los campos de muerte—blandiendo sus famosas listas de nombres, que ahora, conversando con su hija, me entero que estaban basadas sobre todo en jutzpá y fanfarronería.
“¿Sabe como conseguía esas listas?” me pregunta con el tono de alguien que va a revelar algo. “Cuando iba a Devoto [un infame centro policial] iba a la oficina y preguntaba, por ejemplo, por José Perez, alguien que el sabía que estaba allí. Y cuando el tipo se daba vuelta para buscar la información, miraba los papeles sobre su escritorio y pedía por, ‘Juan Ramírez’ por ejemplo.
Lo que queda sin decir, es el hecho de que cuando el Rabino Meyer (como se lo conoce en Argentina todavía hoy en día), protegido por su coraje y posiblemente por su pasaporte norteamericano, le preguntaba al comandante de la prisión por una persona en particular o mencionaba el nombre de esa persona cuando se iba, las probabilidades de que “desapareciera” disminuían significativamente.
En ese momento, las realidades de la vida bajo el terror del estado hicieron imposible calcular exactamente a cuantas personas el Rabino Meyer salvó. El pasaje del tiempo tampoco ha ayudado en este sentido. No hay consenso actualmente ni siquiera acerca del número de “los desaparecidos”. Más de11.000 expedientes pidiendo explicaciones sobre ciudadanos desaparecidos han sido abiertos en Argentina, pero las organizaciones de derechos humanos, convencidas que el enojo o el miedo a evitado que mucha gente presentara peticiones calculan que los desaparecidos son 30.000 ( Alrededor de un 10 a 15 por cientos de estos eran judíos. De una cosa no hay ninguna duda:
Meyer salvó por lo menos varios centenares de vidas, y probablemente muchas más.

En ayuda de Timerman

Un film documental cuyo estreno tuvo lugar en Argentina a fines de julio, “Flores de Setiembre” nos cuenta la historia de Debora Benchoam, una joven cuyo hermano y novio desaparecieron y fueron asesinados. Pero en cambio, del caso de ella se encargó Meyer, quien la localizó en Devoto.
Meyer no despertó el 24 de marzo de 1976, el día del golpe militar, seguro de su papel. Su amigo Robert Cox—el entonces editor del periódico de idioma inglés Buenos Aires Herald, que se convirtió en un icono cuando fue el único que le dio cobertura periodística al desastre—recuerda los momentos iniciales de duda y confusión, junto con la fe de hierro de Meyer.
La primera oración de Cox sobre Meyer, sorprendentemente, no es acerca de su estatura física, sino acerca de su grandeza moral. “Fue un santo judío, una persona fuera de lo común en todos los sentidos y muy, muy valiente...Salvó la vida de personas y mantuvo la lámpara encendida en Argentina durante esa época. Siempre lo recuerdo como un rabino diciendo “el Talmud dice que los judíos no pueden vivir en un país sin justicia. Casi siento que debería decirle a mi gente que se vaya.” Claro que no hizo eso. Estuvo en contacto con los militares todo el tiempo, tratando de persuadirlos de que admitieran lo que estaban haciendo, y después tratando de que cesaran de hacerlo.”
“La forma en que tomo su decisión me ha quedado grabada en la mente,” dice Cox. “No nos conocíamos muy bien hasta que Jacobo Timerman desapareció.” Timerman, editor del diario La Opinión y un prominente judío argentino, fue secuestrado por personal militar en abril de 1977. Para Meyer esto fue un suceso que marcó un límite. “La familia Timerman vino a pedirle ayuda a Marshall. Otras personas habían acudido a él, pero esto era diferente, y claro está no eran una familia religiosa en absoluto. Me llamó por teléfono. En aquel momento tener algo que ver con Timerman era convertirse en un blanco.
“¿Qué debo hacer? me preguntó.
“¡Debe acudir!
“¡Claro que sí!”
Meyer pagó por sus esfuerzos no sólo arriesgando su vida y la de su familia. Muchos en la comunidad judía, y muchos de su propia congregación se volvieron contra él.
“Mucha gente lo odiaba,” dice Dov Shmorak, un diplomático israelí que sirvió como embajador durante los últimos años de la dictadura, y que trabó amistad con Meyer. “Nos resistimos a nombrarlos, pero lo cierto es que, no sólo los militares [sino] los judíos ortodoxos, los elementos de la comunidad judía que estaban de acuerdo con el establecimiento—lo odiaban. Decían toda clase de cosas sobre él.
“Había enormes esfuerzos por destruirlo.” Cox, que hoy en día es el editor en jefe de The Post and Courier en Carolina del Sur, recuerda. “Era odiado por los judíos de derecha. Ni siquiera quiero recordar el nombre de un tipo que importaba un equipo muy sofisticado para submarinos, que cortejaba a los militares y solía venir a mi oficina en el Herald para decirme que hombre terrible que era Marshall...Constantemente trataban de destruirlo, rumores publicados en sucias pequeñas revistas judías, intentos de ensuciar su nombre. Nunca tuve ni una pizca de interés en esto.

El momento culminante

Ra’anan Rein, el director del Instituto de Historia y Cultura Latinoamericana de la Universidad deTel Aviv, y un experto sobre la historia Argentina reconocido mundialmente, también puede determinar el momento culminante en el que Marshall Meyer encontró su verdadero camino.
“Demasiado personas creen que desde el primer momento encabezó el movimiento por los derechos humanos en la Argentina. O le tomó algún tiempo entender lo que estaba sucediendo, o pensó al principio que sería inteligente actuar sin hacer declaraciones publicas. El hecho es que durante los primeros meses todavía decía las cosas comunitarias normales acerca de los peligros de la asimilación etc.—tanto dentro como fuera de la Argentina. Todavía todas sus declaraciones estaban dentro de los parámetros de un liderazgo religioso conservador. Pero desde cierto momento, empezó a hablar en voz alta cuando casi todos en Argentina permanecían silenciosos por miedo al terror estatal. Comenzó a decir muy claramente que los judíos no podían permanecer silenciosos cara a cara con una repetición de los años 30 en Europa y cuando estaban ocurriendo tragedias humanas.
“Y por lo tanto, como judío secular, siento un enorme respeto por él” Me resulta fácil identificarme con la forma en que Marshall Meyer presentaba el conflicto de los derechos humanos como una característica del judaísmo moderno. Y, claro está, que muchos recuerdan sus visitas a las prisiones, a prisioneros judíos y no judíos, a como presionó a la embajada y a la Agencia Judía para que evacuaran a la gente—a Timerman y su liberación.
Es importante recalcar el hecho de que Meyer es considerado casi el único héroe argentino de todo este sombrío periodo. Robert Cox, se vio forzado a abandonar Argentina cuando fueron amenazadas las vidas de su mujer y sus hijos, “Bueno, además era muy entretenido,” dice Cox. “Me parecía a mi una gran mezcla de Leonard Bernstein, con ese enorme espíritu y George Gershwin, y era también un erudito. Podía hablar sobre todo, amaba a Shakespeare a la música. Cuando tuvimos que partir, fue muy repentino. Teníamos pocas horas. Marshall trató de darnos animo y nos dijo vengan a comer algo a casa. Debemos haber llegado con unas dos horas de retraso y él tenía un bastón y un sombrero de paja y nos cantó maravillosas canciones de vaudeville.”
Dodi Meyer recuerda: “Amenazaron a los chicos de Cox y trataron de secuestrarlos, y se salvaron por un pelo. Esa misma noche vinieron a casa e hicimos una gran fiesta para ellos con la bandera nacional y todo, y luego se fueron.”

Un ejemplo de moral

Tampoco fue fácil la vida para los chicos de Meyer. “Yo sentí personalmente el cambio [en la vida de su padre],” recuerda Gabriel Meyer, 37, el hijo menor, quien hoy en día vive en una comunidad vegetariana en la Alta Galilea. “Fue muy claro. En sexto año de escuela era el chico más popular del colegio. En séptimo nadie me hablaba. Esto era debido a que en el colegio—Tarbut, uno de los más importantes colegios judíos en Buenos Aires—“hablaban sobre lo que mi padre estaba haciendo y decían que era una persona peligrosa y que yo era peligroso.”
No sólo los judíos tenían dudas acerca de las actividades de Meyer. La Iglesia Católica estaba en colusión con los militares. El Cardenal de Buenos Aires se negaba a reunirse con él. Los trabajadores por los derechos humanos desaparecían por docenas yendo a engrosar las filas de los desaparecidos. Para alguno que otro colega de buena voluntad que llegaba del extranjero, Meyer se convirtió no sólo en un ejemplo de moral, sino también en una especie de guía para la Argentina. William Sloan Coffin, Jr. un ministro protestante, que había sido capellán en la Universidad de Yale y un activista de la era de la guerra de Vietnam se sintió indignado por lo que vio. Le sugirió una huelga de hambre.
“Me parece que no entiende,” le explicó Meyer. “Si haces una huelga de hambre acá, te morirás de hambre.”
Si se menciona su nombre a cualquier argentino hoy en día, judío o no judío, el Marshall Meyer que la mayoría recuerdan es el hombre grande con la voz estentórea y el inconfundible acento quien, después de la caída del gobierno militar en 1983, estuvo en la comisión nacional de investigación de los desaparecidos (fue el único extranjero que participó), y obligo a los renuentes argentinos a afrontar su propia tragedia.
Cuando su trabajo quedó completado en 1987, se fue de la Argentina. “Yo acostumbraba a hacer chistes sobre esto con él y Naomi,” dice Cox. “Su partida nos confundió a todos. Durante todo el tiempo que él estaba haciendo estas cosas increíbles, Naomi decía, tenemos que irnos, no podemos seguir así. Y luego, cuando se le coronó con todos los honores, él dijo, ‘tenemos que irnos’. Lógicamente que para ese entonces era ella la que no quería irse. Creo que Marshall había hecho algo que tenía que hacer y no quería volverse cómodo.”
Marshall Meyer murió hace 10 años, el 31 de diciembre de 1993, en Nueva York, de cáncer al páncreas. Durante los últimos cinco años de su vida, lideró el renacimiento de lo que fue la congregación más moribunda de New York—Bnei Ieshurun –y que es hasta ahora la más vibrante y activa de la ciudad.
“La gente no se da cuenta de que esos últimos cinco años fueron un detalle de su vida,” dice Dodi Meyer, quien hoy en día trabaja en el Hospital de la Universidad de Columbia en Manhattan, tratando de explicar porque poca gente fuera de la Argentina recuerda su trabajo allá. “Siempre le digo a la gente que lo que hizo aquí fue un pequeño detalle, que Latinoamérica fue donde estuvo el trabajo de su vida. Pero es muy norteamericano creer que ellos inventaron el mundo y no se dan cuenta que lo que él hizo aquí fue recrear lo que ya había hecho, en una escala mucho más grande allá.”
Meyer supo de su enfermedad por muchos meses, quizás más tiempo, antes de compartir la nueva con su familia y su congregación. Se internó en un hospital el 6 de diciembre, un lunes después de haber oficiado en los servicios del viernes y sábado anteriores, sabiendo, dice su hijo, que “ era una operación muy arriesgada, y que estaba muy, muy enfermo.” Desde su cama de hospital, Meyer le dijo a su esposa: “¿Sino le puedo mostrar a mi familia y a mi congregación como afrontar la muerte, que clase de rabino soy?”
“Estaba viviendo en Yaffo, en ese momento dice Gabriel Meyer. “Un amigo de mi padre me llamó y me dijo que estaba muy enfermo y que debería ir ahí. Estaba con muchos dolores, pero celebramos durante toda la noche. Celebramos la vida, como siempre, con comida y música y canto. Cantamos en el hospital hasta que se lo llevaron en una camilla. Así fue siempre en mi familia. Celebrábamos la vida.”
 
 
Traducido por Ría Okret
 
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