PARASHAT BERESHIT
Año 1, No. 1
29 de octubre, 2005/26 de tishrei, 5766
Depende de las circunstancias pero muchas veces tiene sus ventajas tener un apellido que empieza con la letra “A” o “El Aleph” de Borges—nos catapulta a la cabeza de las listas. Esta es una de estas ocasiones donde la ventaja es evidente: me ha brindado la oportunidad a ser quien inaugura esta serie de comentarios a la parshá semanal a distribuirse a través de las comunidades identificadas con el Movimiento Conservador/Masortí. Tampoco podríamos pensar en una manera más propicia para arrancar con este loable proyecto que empezar con la parashá intitulada Bereshit, que incluye los muy primeros capítulos de la Torá, aquellos majestuosos versículos que nos recuerdan acerca de la creación del universo y todo lo que en éste existe.
Ya casi al final del proceso de la creación, inclusive la creación de Adam, y después que el Creador le haya proporcionado donde vivir en paz y que no le falte nada, la narrativa como que hace una pausa meditativa. Ahí se nos pinta a Dios en un momento de auto- reflexión quien se dice a Si Mismo: “Lo tov heyot haadam levadó,” (2:18) es decir, “No es bueno que el hombre este solo. Haré, pues, un ser semejante a él para que le ayude.” Con esta meditación el Creador entreabre la puerta a una nueva posibilidad: hasta ese momento todo lo que Dios creó lo calificó “ki tov,” “todo era bueno.” Esta es la primera vez que el mismo Creador notó que algo no funcionó apropiadamente: “No es bueno que el hombre esté solo.” Desde el muy principio entonces Dios notó la soledad humana, la ausencia de un socio apropiado para Adam con quien compartir la vida. De allí entonces la iniciativa de crear una compañera apropiada para Adam que en torno llevó, en las palabras de la Torá, a que “el hombre [deje] a sus padres para unirse a una mujer, y formar con ella ‘basar ejad,’ un solo ser.” (2:24)
Esta conclusión tan convincente del proceso creativo me llevó a pensar que aparentemente el Creador es gran partidario de los vínculos, de la unión, de la cohesión. Mientras que El mismo es uno, creó el mundo de tal manera que como resultado de la unión se recauden los mejores resultados. He aquí algunos ejemplos. De casi cien elementos químicos en el mundo, muy pocos funcionan aisladamente. El agua que tomamos resulta de la fusión de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Todo lo que manejamos, desde las medicinas hasta nuestros muebles—es el resultado de la fusión de diferentes átomos. De allí que Dios también creo al hombre y a la mujer, originalmente separados pero quienes, después de la unión matrimonial se transforman en “un solo ser.”
El mismo principio lo podemos aplicar a nosotros, los rabinos Masortim, y a nuestras comunidades. En los vínculos que ya tenemos y que ojalá estrecharemos con el pasar del tiempo, en el forjar de una visión común para crear una pujante vida judía comunitaria, e inclusive en el deseo de compartir estos pensamientos de Torá entre todos nosotros, estaremos contribuyendo al ideal divino: no es bueno estar solos sino al contrario, juntos y unidos.
RABINO ISIDORO AIZENBERG